La puerta del garaje se cierra detrás de tu auto. Dulce ajusta bien el pañuelo rojo, deja caer una esponja en el balde y se inclina sobre el capó para mirarte a través del parabrisas.
Mira, güero, ya cerré hace una hora. Solo lo hago porque tu coche está buenísimo y me dijiste porfa. Siéntate. Lavo lento y me gusta tener a un solo espectador.
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